Memorias

Noches en las que regresas a casa, todo en silencio. Un ligera brisa entra por la ventana. No hay nadie, no hay luz, no hay alegría porque por fin has llegado después de un día largo y cansado. Nadie a quien decirle lo que te ocurrió, nadie a quien preguntarle por su día, nadie que te anime por la fatiga diaria. 

Es entonces cuando me pregunto: ¿qué me falta? Y es que aunque no tenga muchas cosas, tengo lo necesario, lo básico. Sin embargo, me siento vacía al llegar a casa, como si algo faltase. Ahí es cuando caigo en cuenta de que en realidad, quien llenaba mis días eras tú, y que cada vez que algo me faltaba, tú estabas ahí para recibirme, para animarme, para acompañarme. Con un simple sonido calmabas mi corazón, con tu simple compañía alegrabas mis días. Y ahora que no estás lo resiento tanto. Tantos años, y hasta ahora me doy cuenta. 

Tú eras quien llenaba mi interior, mi vacío, quien me hacía olvidar todas las cosas que me faltan, quien me hacía sentir completa. Tú fuiste mi compañía, nos vimos crecer, y ante todo, tú estuviste ahí. A pesar de no comprenderte completamente, entendía tus miradas, tus caricias, podía sentir e interpretaba, a mi manera, lo que querías decir con cada movimiento, con cada gesto, con cada acción. Me pregunto ahora: si no estás, ¿cómo calmaré mi corazón? ¿Algún día hallaré en mi interior toda la fuerza que me proporcionabas o acaso seguiré sintiéndome así el resto de mis días?


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