Sueño O Realidad

Una noche fría en casa de Amelia, la chica se preguntaba profundamente sobre su vida. No era una chica ordinaria que tenía anécdotas divertidas para contar. Tampoco era la chica popular por la que se peleaban para salir. Su cintura de 75 cm y cadera de 93 no atraía a ningún chico. Tenía amigos, por supuesto, estaban cuando más los necesitaba pero no era suficiente.  Y su enfermedad tampoco le ayudaba mucho. Después de que los doctores le dijeran qué tenía; la gente, cruel, se alejaba de ella. Los últimos meses no han sido sencillos para ella. Con la partida de su abuelo, su compañía, había sido difícil sonreír.

Entonces, al reflexionar unas cuantas horas sobre la cama, Amelia escuchó unos golpeteos en el cristal de la puerta que lleva al patio desde su cuarto. Curiosa levantó un poco la cortina para asomarse. Se podía apreciar las gotas que quedaron de la última llovizna y unas sombras de los árboles, el sonido del viento inundaba la casa silenciosa. Su familia había salido a una fiesta y ella se quedó sola en aquel terreno. Sin descubrir nada fuera de lo ordinario, regresó a su posición de antes. Justo después de acostarse lo volvió a escuchar, ¿sería su imaginación jugándole una broma? Decidió no prestarle atención y encendió una pequeña lámpara para apagar la luz de techo y prepararse para dormir. Se iba a lavar los dientes cuando, de nuevo, ese golpe en el cristal.

Asustada, se acercó poco a poco a la ventana. El patio estaba oscuro pero pudo ver a la lejanía una sombra moviéndose. Del miedo, se alejó con un salto de la puerta. Fue entonces cuando chocó con una figura de espaldas, tuvo que girar. Era un chico, ¡un chico estaba en su habitación! Su sorpresa fue tanta que trató de huir pero sólo logró tropezar con la única lámpara encendida del cuarto. Asustada, en el piso, era lo más vulnerable del mundo. El joven se acercaba poco a poco a ella. Amelia no pudo alejarse más, la pared se lo impedía. En su desesperación, sólo cerró los ojos y se cubrió con sus brazos la cara.

Pasaron unos segundos, nada sucedió. Amelia abrió un ojo para ver qué ocurría. El joven cortésmente le extendía la mano en señal de amistad para ayudar a la muchacha a levantarse. ¿Quién será ese extraño? ¿Qué está haciendo ahí? Y lo más importante, ¿cómo entró en la casa?

Al no ver respuesta a su amable gesto el joven comenzó a hablar:

-No tengas miedo, no te haré daño- dijo el muchacho.

           No hubo respuesta. La chica estaba anonadada.

-¿Cómo demostrarle que vengo en paz?- se dijo a sí mismo. –Mi nombre es Nihilo. Puedes confiar en mí- le dijo mientras se agachaba para estar a su altura en el suelo.

       Lentamente la chica se descubría un poco más hasta aceptar la mano del desconocido y levantarse los dos del piso. Amelia no podía entender qué estaba sucediendo, ¿acaso se desmayó y el hombre era solo un sueño? No sabía qué pensar ni qué decir. Así que, el chico rompió el hielo.

-Como ya dije, mi nombre es Nihilo, vengo de un lugar lejano; de otro planeta para ser más preciso. Te he estado observando desde hace tiempo. Mi mundo sufre y necesito ayuda de todos los demás planetas. Mientras más sean, mejor. Sé que es algo difícil de asimilar. Que te será imposible dejar a la gente que amas pero, las recompensas serán grandes si logras el objetivo y nos ayudas.

           Amelia estaba tiesa, no podía creer nada, ¿será algún tipo de loco que le gasta una broma? Y si en verdad es extraterrestre, ¿por qué se ve tan humano? ¿Por qué escogerla a ella? No tiene ningún talento ni habilidad de su lado. ¡Nada de eso tiene sentido!

-Sé lo que estás pensando- volvió a hablar -¿Por qué tú? ¿Por qué ahora? Desde hace tiempo nuestra gente busca personas no con talentos ni cualidades, sino con corazones puros; después de entrenarte un poco estarás lista para ayudar. Pero necesito saber si estas dispuesta.

-Yo…- una suave voz salió de la boca de Amelia –no sé.

            Un silencio se adueñó del ambiente.

-¿Quién eres? ¿Por qué juegas conmigo de esa forma?- gritó Amelia de repente.

           El chico se extrañó. ¿Cómo una chica que hace un momento no podía ni hablar, llegó a alzar la voz tan alto? Nihilo pensó un momento y le explicó.

-No es ninguna broma Amelia.

-¿Cómo sabes que me llamo…

-Ya te lo dije, te hemos estado observando.

-¿Quién eres?- repitió la chica decidida.

-Nihilo, un jupiteriano.

-Si eres alienígena, ¿por qué te ves así?

-Tengo un dispositivo que me ayuda a cambiar de forma dependiendo del planeta en el que esté.

-Enséñame.

-No puedo.

-¿Por qué no?

-Va contra las reglas.

-¿Cuáles reglas?

-Te explicaría todo pero no hay tiempo suficiente. Mejor te enseño.- Y con esto Nihilo tomó a Amelia de los hombros y se transportaron.

            Llegaron a otro mundo, vieron la ciudad desde el cielo, flotando, podían traspasar cosas, eran como fantasmas. Amelia vio el planeta destruido, alienígenas heridos, casas incendiadas, todo destrozado, era horrible. La chica estuvo a punto de romperse al llanto.

-Esto le sucederá a la Tierra si acaban con nuestro planeta- le dijo el joven.

         ¿Era posible? Podría Amelia dejar a su familia y a sus amigos para salvar otro mundo. ¿Cuánto tiempo pasaría? ¿Y si moría en el intento? Aún no sabía qué tendría que hacer, pero por lo visto tendría que luchar contra algo. ¿Sería capaz? Claro que la pasó mal las últimas semanas pero, ¿lo dejaría todo por una aventura? No había duda, los extraterrestres la necesitaban. A ella y a muchos más. Estaría dispuesta a ayudarlos pero, ¿cuál es el precio a cambio de eso?

            De repente, un trueno se escucha y Amelia está en su habitación, acostada sobre la cama. Ve el reloj, las 11:30 p.m. ¿Acaso todo eso fue un sueño? Mira a su alrededor, no hay lámpara rota ni rastro del chico. ¿Estaba dormida? Pero todo se veía tan real, es muy confuso. Suena el cerrojo de la puerta de entrada. Sus padres llegaron. Va a saludarlos. Todo fue un sueño. Pero en la oscuridad de su patio, aún está ese ser. Esperando a ver los resultados de la prueba. ¿Todo fue un sueño? ¿O no?

El Taxista

Todo comenzó una noche de otoño en el barrio de Brooklyn, Nueva York. Una mujer caminaba desanimada a través de las calles oscuras y mojadas por la llovizna recién terminada. Llevaba un vestido color rosa pastel a la rodilla con una gabardina mostaza encima que no lograba cubrir por completo el vestido de la joven, el cual le escurría por debajo de la cadera a causa de la lluvia. Tenía unos tacones plateados poco altos, se podía apreciar el alto costo de ellos; la gabardina tenía un bolsillo en la parte inferior derecha, con unas solapas anchas y largas.

Se veía joven, al menos menor de treinta años. Sus ojos eran color verde aceituna, grandes y profundos, su piel era blanca como el algodón. Su cabello era color canela, ondulado, con caireles y largo hasta los hombros; caía suavemente por sus brazos, ambos cruzados y pegados al cuerpo para mantener el calor corporal.

A pesar de que acababa de terminar de llover, seguían cayendo unas pocas gotas y el aire frío de las calles continuaba circulando. Era tarde, casi no había personas en las calles, el frío de la noche los debía haber ahuyentado. Pero se podía escuchar a lo lejos un músico tocando su saxofón en busca de dinero en la entrada de algún bar. Y, aún más lejos, se oían los aullidos de los perros callejeros y los gatos que cantaban al cielo estrellado aunque oculto por densas nubes.

La mujer caminaba pensando, quizá de su vida o su pasado, quizá de algún problema que tuviese o alguien cercano a ella. En cualquier caso, su mente estaba entretenida, tanto, que no se daba cuenta de los autos que pasaban cerca de la acera y que, a causa de la velocidad que llevaban y los charcos estancados que aún había en la calle, la embestían con el agua empapando sus piernas.

Después de haber caminado unas cuadras algo llamó su atención e hizo que levantara su cabeza. De un momento a otro, una luz comenzó a envolverla. Las nubes habían comenzado a desaparecer, la tormenta pronto se iría de Brooklyn, y esa extraña luz que envolvió a la chica era nada más y nada menos que un hueco entre las nubes por el que la luz de la luna pasaba. Se podía ver el cielo oscuro y estrellado, la luna gigante como un melón se apreciaba a la perfección, era cuarto creciente.

Luego de unos minutos de observar aquél momento majestuoso, parpadeó un poco y regresó a su caminata por las solitarias calles de la ciudad. Una, dos, tres… cuadras caminó y entonces, giró a la izquierda y continuó su recorrido.

Caminó hasta llegar a la avenida principal, vacía, todavía estaban unas cuantas tiendas abiertas, de esas que trabajan las veinticuatro horas, pero sólo los empleados dormidos en sus puestos estaban dentro. También había algunos bares y centros nocturnos con sus letreros encendidos y brillando con luces de neón. Seguramente aún había gente dentro festejando, pero no tenían ventanas y las puertas permanecían cerradas; así que, no existía manera de saber si estaban llenos o no.

A unos cuantos pasos del hotel de mala muerte más famoso de ahí, se escuchó un claxon y a alguien llamando a la muchacha. Inmersa en sus pensamientos, apenas se percató de que aquel ser la llamaba, a pesar de ser ya la segunda vez. Por el rumbo que había tomado, un lugar poco seguro, simplemente decidió no poner atención a esa voz. Sin embargo; al poco tiempo, volvió a escuchar el mismo grito “oiga”, junto con el motor de un coche acercándose lentamente. Ella temió por su vida, podía ser alguien que planeara secuestrarla o asaltarla, o incluso peor; así que, simplemente continuó caminando pero ahora de una forma apresurada.

Al poco tiempo, sintió el instinto de voltear para ver si aquella persona seguía siguiéndola. Y así fue, el hombre continuaba ahí, dentro del auto detrás de ella. Aunque, al voltear, se dio cuenta de que no era un asaltante con planes de robarle, era un sencillo taxista, no sabía sus intenciones pero no parecía ser una amenaza.

El hombre dentro del taxi era caucásico, de mediana edad y complexión delgada, no se podía apreciar su altura ya que estaba sentado. Sus ojos eran pequeños y oscuros, eran color café pero se veían negros. Su cabello era corto y lacio, con un corte que le dejaba un ligero fleco, color castaño oscuro. Llevaba una camisa azul claro desabotonada y debajo de ésta una camiseta negra lisa. Su  rostro parecía cansado pero sincero y amable.

La primera impresión lo dijo todo. En el momento en que ella lo vio, supo que era un hombre harto de trabajar que necesitaba dinero, de otro modo no seguiría laborando a tales horas de la noche. Quizá le debía dinero a alguien o quizá tenía familia y ésa era la única forma de mantenerla. De cualquier forma, el taxista educadamente le preguntó si deseaba que la llevase a algún lado. Ella, desconfiada, dijo que no. El hombre insistió:

-Es un lugar peligroso, déjeme llevarla.
-No, gracias, estoy bien así- respondió.
-Por favor, he escuchado terribles noticias de este barrio, no quiero que nada le suceda, déjeme llevarla- volvió a insistir.
-Sé que tiene necesidad, en serio, pero me siento más segura caminando-. Y con esto ella se dio la vuelta y se fue.
         El hombre se quedó boquiabierto, como en shock, quiso hacer una buena acción y había recibido un rechazo.

          Se escuchó el motor apagarse y la puerta del auto abrirse justo antes de una voz: “si no me deja llevarla, al menos déjeme acompañarla”.
-Como dije antes este barrio es un lugar peligroso y no quiero que ande sola por aquí- dijo él.
-De acuerdo, no me haría daño algo de compañía- respondió ella de mal gusto.
            
           El hombre había sacado una chamarra negra con detalles en blanco. Era de tela impermeable negra por fuera e interiores de peluche blanco. No tenía gorro, así que el hombre se alzó el cuello.
           
Ya fuera del auto, pudo observarlo mejor. Era alto, un poco más que ella, y algo atractivo. Caminaron un par de cuadras sin decir nada, completamente en silencio. Sólo se podían escuchar las últimas gotas de agua caer, la música alta de las discotecas, y unos cuantos coches a lo lejos. El viento continuaba soplando, frío como el ártico. Ambos desconocidos estaban tratando de controlar los temblores mientras caminaban con las manos escondidas y la cabeza baja. Las calles estaban poco iluminadas por los escasos faroles, de los cuales la mayoría fallaba.
            Ya habían dejado atrás la avenida principal y con eso los carteles llamativos e iluminados y la música ensordecedora. El silencio se adueñó del lugar, cuando:
-Podría saber, ¿a dónde nos dirigimos?- preguntó el joven.
-Yo, me dirijo a la avenida P mil seiscientos treinta y siete- respondió tajante.
-Ya veo.
            El silencio estaba a punto de regresar, hasta que:
-¡Ohh! Lo lamento, nunca me presenté formalmente. Mi nombre es…
-No es de importancia- lo interrumpió ella. –Lo más seguro es que jamás lo vuelva a ver así que no es necesario presentarnos.

            Él se quedó pensando un momento extrañado, ¿por qué no quería saber su nombre?, ¿acaso hizo algo malo? Callaron unos minutos, mientras él reflexionaba la razón por la cual ella estaba molesta. De repente, él le reclamó:

-Mira, no tienes por qué ser tan grosera conmigo, te estoy acompañando, ¿y me tratas así?
-Yo no te lo pedí- exclamó furiosa.
-Tienes razón- le dijo ya más tranquilo- No me lo pediste pero ya estoy aquí y lo menos que podemos hacer es charlar mientras llegamos a la avenida P.
-Adelante, yo no hablaré contigo- dijo molesta.
-De acuerdo, entonces yo comenzaré. Ya que mi nombre no te interesa, te contaré otras cosas sobre mí. Nací en Palm Beach, toda mi familia es de allá. Me mudé aquí porque deseaba ser dueño de una empresa multimillonaria. Quién diría cuál fue mi sorpresa al convertirme en taxista. Lo había tomado como trabajo de medio tiempo mientras encontraba un empleo en alguna empresa pero, me gustó tanto que simplemente decidí quedarme así. He pasado muy buenos momentos conociendo personas, la gente es amable conmigo cuando los trato bien. Aunque hay personas que a pesar de tratarlas como reyes, como reyes me desprecian. Ser taxista no significa que no tenga posibilidades, hay personas como yo que lo hacemos por gusto. En fin, gracias a mi trabajo conocí a mi esposa. Aún recuerdo aquél día, se veía radiante. Tengo un hijo pequeño al que le encanta viajar. Cada vez que lo llevo conmigo imaginamos que nos trasladamos a mundos extraordinarios…
-Debe ser divertido…

            El hombre fue interrumpido por la joven una vez más, estaba sorprendido, pero ésta vez no le molestó. Había hablado por primera vez sin estar molesta. Comenzaron a platicar y conocerse mejor. Ella ya no estaba tensa y también quiso contarle de su vida, su familia, sus estudios aún pendientes; su vida. Entre la conversación ya no se sentía el frío viento del norte hasta que, él descubrió por qué ella era así. Resulta que su última relación no había terminado bien y eso la hizo desconfiar y la introdujo a su primera adicción… las drogas. Ahora él la entendía mejor, su vida no era perfecta, ni siquiera se acercaba a lo que deseaba, a pesar de las apariencias. Sin embargo, esa plática parecía estar ayudándola así que continuó como si nada.

Más adentrados entre las callejuelas, al hombre se le ocurrió:

-¿Te parece si regresamos a mi taxi y te llevo en él?
-¿Por qué lo dices?
-Bueno, no sé si lo sepas, pero la avenida P está a más de dos kilómetros y estamos yendo en sentido contrario.
-¿De verdad?- dijo ella sorprendida.
-¿No lo sabías? Creí que sabías en dónde está tu casa.
-Pues sí; lo que pasa es que una amiga me llevó a una fiesta cerca de dónde me encontraste, pensó que podría ayudarme a olvidar a mi exnovio. ¡Qué cosas! Ella se quedó festejando, y yo… bueno, yo tenía que salir de ahí, así que me fui.
-Bueno, tienes suerte de que te viera caminando por la calle- dijo riendo.


            Ambos regresaron a donde se conocieron, esta vez hasta parecían amigos, los restos de lluvia se habían esparcido y el frío estaba desapareciendo. Llegaron a la avenida principal, abordaron el taxi y el hombre manejó hasta la casa de ella. Al llegar, ella le preguntó cuánto debía, a lo que él contestó: “No me debes nada, yo quise traerte, considéralo como un regalo. Por cierto, gracias por confiar en mí. Sé que pensaste que te haría daño, sólo me gusta ayudar a la gente. Espero haberte ayudado.” Ella le agradeció y se despidió. Bajó del coche y caminó hasta su pórtico. Subió los peldaños y volteó una última vez a ver al hombre que le cambió la noche. Entonces comenzó a abrir la puerta. Giró la perilla lentamente. Cuando la puerta estaba abierta, el joven taxista se asombró ante lo que vio…