Todo comenzó
una noche de otoño en el barrio de Brooklyn, Nueva York. Una mujer caminaba
desanimada a través de las calles oscuras y mojadas por la llovizna recién
terminada. Llevaba un vestido color rosa pastel a la rodilla con una gabardina
mostaza encima que no lograba cubrir por completo el vestido de la joven, el
cual le escurría por debajo de la cadera a causa de la lluvia. Tenía unos
tacones plateados poco altos, se podía apreciar el alto costo de ellos; la
gabardina tenía un bolsillo en la parte inferior derecha, con unas solapas
anchas y largas.
Se veía joven, al menos menor de treinta años. Sus ojos eran
color verde aceituna, grandes y profundos, su piel era blanca como el algodón.
Su cabello era color canela, ondulado, con caireles y largo hasta los hombros;
caía suavemente por sus brazos, ambos cruzados y pegados al cuerpo para
mantener el calor corporal.
A pesar de que acababa de terminar de llover, seguían cayendo
unas pocas gotas y el aire frío de las calles continuaba circulando. Era tarde,
casi no había personas en las calles, el frío de la noche los debía haber
ahuyentado. Pero se podía escuchar a lo lejos un músico tocando su saxofón en
busca de dinero en la entrada de algún bar. Y, aún más lejos, se oían los
aullidos de los perros callejeros y los gatos que cantaban al cielo estrellado
aunque oculto por densas nubes.
La mujer caminaba pensando, quizá de su vida o su pasado,
quizá de algún problema que tuviese o alguien cercano a ella. En cualquier caso,
su mente estaba entretenida, tanto, que no se daba cuenta de los autos que pasaban
cerca de la acera y que, a causa de la velocidad que llevaban y los charcos
estancados que aún había en la calle, la embestían con el agua empapando sus
piernas.
Después de haber caminado unas cuadras algo llamó su atención
e hizo que levantara su cabeza. De un momento a otro, una luz comenzó a
envolverla. Las nubes habían comenzado a desaparecer, la tormenta pronto se
iría de Brooklyn, y esa extraña luz que envolvió a la chica era nada más y nada
menos que un hueco entre las nubes por el que la luz de la luna pasaba. Se
podía ver el cielo oscuro y estrellado, la luna gigante como un melón se
apreciaba a la perfección, era cuarto creciente.
Luego de unos minutos de observar aquél momento majestuoso,
parpadeó un poco y regresó a su caminata por las solitarias calles de la
ciudad. Una, dos, tres… cuadras caminó y entonces, giró a la izquierda y
continuó su recorrido.
Caminó hasta llegar a la avenida principal, vacía, todavía
estaban unas cuantas tiendas abiertas, de esas que trabajan las veinticuatro
horas, pero sólo los empleados dormidos en sus puestos estaban dentro. También
había algunos bares y centros nocturnos con sus letreros encendidos y brillando
con luces de neón. Seguramente aún había gente dentro festejando, pero no
tenían ventanas y las puertas permanecían cerradas; así que, no existía manera
de saber si estaban llenos o no.
A unos cuantos pasos del hotel de mala muerte más famoso de ahí,
se escuchó un claxon y a alguien llamando a la muchacha. Inmersa en sus
pensamientos, apenas se percató de que aquel ser la llamaba, a pesar de ser ya la
segunda vez. Por el rumbo que había tomado, un lugar poco seguro, simplemente
decidió no poner atención a esa voz. Sin embargo; al poco tiempo, volvió a
escuchar el mismo grito “oiga”, junto con el motor de un coche acercándose
lentamente. Ella temió por su vida, podía ser alguien que planeara secuestrarla
o asaltarla, o incluso peor; así que, simplemente continuó caminando pero ahora
de una forma apresurada.
Al poco tiempo, sintió el instinto de voltear para ver si
aquella persona seguía siguiéndola. Y así fue, el hombre continuaba ahí, dentro
del auto detrás de ella. Aunque, al voltear, se dio cuenta de que no era un
asaltante con planes de robarle, era un sencillo taxista, no sabía sus
intenciones pero no parecía ser una amenaza.
El hombre dentro del taxi era caucásico, de mediana edad y
complexión delgada, no se podía apreciar su altura ya que estaba sentado. Sus
ojos eran pequeños y oscuros, eran color café pero se veían negros. Su cabello
era corto y lacio, con un corte que le dejaba un ligero fleco, color castaño
oscuro. Llevaba una camisa azul claro desabotonada y debajo de ésta una
camiseta negra lisa. Su rostro parecía
cansado pero sincero y amable.
La primera impresión lo dijo todo. En el momento en que ella
lo vio, supo que era un hombre harto de trabajar que necesitaba dinero, de otro
modo no seguiría laborando a tales horas de la noche. Quizá le debía dinero a
alguien o quizá tenía familia y ésa era la única forma de mantenerla. De
cualquier forma, el taxista educadamente le preguntó si deseaba que la llevase
a algún lado. Ella, desconfiada, dijo que no. El hombre insistió:
-Es un
lugar peligroso, déjeme llevarla.
-No,
gracias, estoy bien así- respondió.
-Por
favor, he escuchado terribles noticias de este barrio, no quiero que nada le
suceda, déjeme llevarla- volvió a insistir.
-Sé que
tiene necesidad, en serio, pero me siento más segura caminando-. Y con esto
ella se dio la vuelta y se fue.
El hombre se quedó boquiabierto,
como en shock, quiso hacer una buena acción y había recibido un rechazo.
Se escuchó el motor apagarse y la
puerta del auto abrirse justo antes de una voz: “si no me deja llevarla, al
menos déjeme acompañarla”.
-Como
dije antes este barrio es un lugar peligroso y no quiero que ande sola por
aquí- dijo él.
-De
acuerdo, no me haría daño algo de compañía- respondió ella de mal gusto.
El hombre había sacado una chamarra
negra con detalles en blanco. Era de tela impermeable negra por fuera e
interiores de peluche blanco. No tenía gorro, así que el hombre se alzó el
cuello.
Ya fuera del auto, pudo observarlo
mejor. Era alto, un poco más que ella, y algo atractivo. Caminaron un par de
cuadras sin decir nada, completamente en silencio. Sólo se podían escuchar las
últimas gotas de agua caer, la música alta de las discotecas, y unos cuantos
coches a lo lejos. El viento continuaba soplando, frío como el ártico. Ambos desconocidos
estaban tratando de controlar los temblores mientras caminaban con las manos
escondidas y la cabeza baja. Las calles estaban poco iluminadas por los escasos
faroles, de los cuales la mayoría fallaba.
Ya habían dejado atrás la avenida
principal y con eso los carteles llamativos e iluminados y la música
ensordecedora. El silencio se adueñó del lugar, cuando:
-Podría
saber, ¿a dónde nos dirigimos?- preguntó el joven.
-Yo, me
dirijo a la avenida P mil seiscientos treinta y siete- respondió tajante.
-Ya
veo.
El silencio estaba a punto de
regresar, hasta que:
-¡Ohh!
Lo lamento, nunca me presenté formalmente. Mi nombre es…
-No es
de importancia- lo interrumpió ella. –Lo más seguro es que jamás lo vuelva a
ver así que no es necesario presentarnos.
Él se quedó pensando un momento extrañado,
¿por qué no quería saber su nombre?, ¿acaso hizo algo malo? Callaron unos
minutos, mientras él reflexionaba la razón por la cual ella estaba molesta. De
repente, él le reclamó:
-Mira,
no tienes por qué ser tan grosera conmigo, te estoy acompañando, ¿y me tratas
así?
-Yo no
te lo pedí- exclamó furiosa.
-Tienes
razón- le dijo ya más tranquilo- No me lo pediste pero ya estoy aquí y lo menos
que podemos hacer es charlar mientras llegamos a la avenida P.
-Adelante,
yo no hablaré contigo- dijo molesta.
-De
acuerdo, entonces yo comenzaré. Ya que mi nombre no te interesa, te contaré
otras cosas sobre mí. Nací en Palm Beach, toda mi familia es de allá. Me mudé
aquí porque deseaba ser dueño de una empresa multimillonaria. Quién diría cuál
fue mi sorpresa al convertirme en taxista. Lo había tomado como trabajo de
medio tiempo mientras encontraba un empleo en alguna empresa pero, me gustó
tanto que simplemente decidí quedarme así. He pasado muy buenos momentos
conociendo personas, la gente es amable conmigo cuando los trato bien. Aunque
hay personas que a pesar de tratarlas como reyes, como reyes me desprecian. Ser
taxista no significa que no tenga posibilidades, hay personas como yo que lo
hacemos por gusto. En fin, gracias a mi trabajo conocí a mi esposa. Aún
recuerdo aquél día, se veía radiante. Tengo un hijo pequeño al que le encanta
viajar. Cada vez que lo llevo conmigo imaginamos que nos trasladamos a mundos
extraordinarios…
-Debe
ser divertido…
El hombre fue interrumpido por la
joven una vez más, estaba sorprendido, pero ésta vez no le molestó. Había
hablado por primera vez sin estar molesta. Comenzaron a platicar y conocerse
mejor. Ella ya no estaba tensa y también quiso contarle de su vida, su familia,
sus estudios aún pendientes; su vida. Entre la conversación ya no se sentía el
frío viento del norte hasta que, él descubrió por qué ella era así. Resulta que
su última relación no había terminado bien y eso la hizo desconfiar y la introdujo
a su primera adicción… las drogas. Ahora él la entendía mejor, su vida no era
perfecta, ni siquiera se acercaba a lo que deseaba, a pesar de las apariencias.
Sin embargo, esa plática parecía estar ayudándola así que continuó como si
nada.
Más adentrados entre las callejuelas, al hombre se le ocurrió:
-¿Te
parece si regresamos a mi taxi y te llevo en él?
-¿Por
qué lo dices?
-Bueno,
no sé si lo sepas, pero la avenida P está a más de dos kilómetros y estamos
yendo en sentido contrario.
-¿De
verdad?- dijo ella sorprendida.
-¿No lo
sabías? Creí que sabías en dónde está tu casa.
-Pues
sí; lo que pasa es que una amiga me llevó a una fiesta cerca de dónde me
encontraste, pensó que podría ayudarme a olvidar a mi exnovio. ¡Qué cosas! Ella
se quedó festejando, y yo… bueno, yo tenía que salir de ahí, así que me fui.
-Bueno,
tienes suerte de que te viera caminando por la calle- dijo riendo.
Ambos regresaron a donde se
conocieron, esta vez hasta parecían amigos, los restos de lluvia se habían
esparcido y el frío estaba desapareciendo. Llegaron a la avenida principal,
abordaron el taxi y el hombre manejó hasta la casa de ella. Al llegar, ella le
preguntó cuánto debía, a lo que él contestó: “No me debes nada, yo quise
traerte, considéralo como un regalo. Por cierto, gracias por confiar en mí. Sé
que pensaste que te haría daño, sólo me gusta ayudar a la gente. Espero haberte
ayudado.” Ella le agradeció y se despidió. Bajó del coche y caminó hasta su
pórtico. Subió los peldaños y volteó una última vez a ver al hombre que le
cambió la noche. Entonces comenzó a abrir la puerta. Giró la perilla
lentamente. Cuando la puerta estaba abierta, el joven taxista se asombró ante
lo que vio…