Me enamoré. Me enamoré perdidamente, como una chiquilla
ingenua y pura. Me enamoré ciegamente. De aquél que me hizo descubrir cosas de
mí misma que hasta entonces no conocía. Aquél que despertó en mí sentimientos
que nadie más había logrado encender. Me enamoré de él. Me enamoré del café de
sus ojos, del roce de sus manos, de la seguridad de sus brazos. Me enamoré de
cómo sus labios al tocar mi piel causaban ese cosquilleo en mi interior. Y
ahora siento un gran cariño, cariño solamente. Porque aquellas emociones por
las que me dejé llevar hace meses quedaron enterradas, sepultadas y encerradas
detrás de un gran muro. Un muro que se erigió el día en que fueron
traicionadas. Ocultas, en donde nadie más pudiese hacerles daño. Detrás del
sarcasmo, de los celos, de la rudeza y del enojo. De todas aquellas emociones
que harían más difícil entrar a quienes quisieran llegar al corazón de una chica.
Así pues, nadie lograría entrar y nadie lograría herirlo. Pero de la misma
forma, nadie lograría nutrirlo, ni amarlo. Y todo por una traición, por un
golpe bajo que recibió aquél día. Y desde entonces, muchos han intentado llegar
hasta el fondo de ese fuerte, incluyendo aquél que causó el inicio de la
prisión. Pero por más intentos, nadie lo ha logrado.
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